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Poema seleccionado por la Dirección General de la UTU

Articulación cual somos en la dinámica cósmica,
donde se engendra, se trasmuta y se perpetúa el bien sumo: Ser,
y también se dignifica por inexorable ley: la Selección natural,
como las plantas, las aves, las abejas y las entidades más diminutas,
todos somos artesanos y copartícipes, en el regazo común.

Cada cual, según su entraña y su estructura, hace su aporte, que es su obra,
y concurrimos así al soberano festín de la natura;
todos ahí: los buenos, a cooperar, los malos, a ensombrecer.
Y mientras la luciérnaga brilla, y gira, la abeja pone su miel;
las plantas, sus flores y frutos; las aves, sus cantos en el ágape máximo,
pone el brutal su avidez, y se vanagloria.

Basta uno para frustrar el festín.

¡Torpe! Me incitas a inquirir, torturado, lo que hay de trágico en la víscera humana,
en vez de vivir, de vivir laborando y cooperar en la fragua,
para asistir, alta la frente, a la fiesta mundial.

Lo haces todo inhospitalario, por la hiel de tu entraña,
amargo, hasta el alvéolo ínfimo y regio, socucho y castillo encantado, que es mi rincón
desde donde admiro y bendigo a la inmensidad.

Abre a la luz, hermano, tu entendimiento: y toma mi mano;
corrígete o cúrate, atarantado, imbécil, e iremos juntos,
como cachorros de vertebrado de antiguo y glorioso abolengo humano;
o apártate, quedo yo con los buenos.
Como célula cósmica, quiero por mi aporte ser digno,
Según lo quisieron mis antepasados.
Quiero perdurar, y trascender, ansioso de eficiencia, de hombría y calidad,
Mientras los niños saltan y juegan, corren y ríen; y esperan

París, agosto de 1927

 

Discurso de Diego Moraes

 

Figari y la segunda fundación de la educación industrial

La ocasión nos convoca para descubrir una placa recordatoria de la figura de una de las personalidades más importantes de la cultura uruguaya: la del filósofo, ateneísta, pintor, escritor, político, periodista, abogado, masón y educador Pedro Figari. Dicho acto se celebra en el marco de dos aniversarios muy especiales para la historia de nuestro país: los 100 años de la fundación de la Escuela Industrial y el 160° aniversario de la Gran Logia de la Masonería del Uruguay. No se me ocurre entonces mejor idea, en esta oportunidad, que hacer referencia al legado de Figari como creador de la moderna educación industrial, promotora de los principios sociales de libertad, igualdad y fraternidad.

En 1879, cuando Lorenzo Latorre fundó la Escuela Nacional de Artes y Oficios, la enseñanza técnica en nuestro país tenía una orientación por completo diferente a la que hoy conocemos. La principal preocupación de los gobernantes era que la escuela –que funcionaba dentro de la órbita del ejército- sirviera para establecer el orden y la disciplina, era un lugar donde niños y jóvenes de “mala conducta” vivían en un régimen de internado, aprendiendo a obedecer y trabajar por la fuerza y sometidos a una severa disciplina que incluía castigos, rutinas y horarios estrictos. En la Escuela de Artes y Oficios se dictaban talleres de herrería, mecánica, tornería, carpintería, encuadernación, imprenta, zapatería y sastrería, entre otros, y de este modo, esta hacía frente a la demanda de mano de obra calificada surgida del desarrollo industrial y la economía del momento. La escuela apuntaba a formar “obreros” u “operarios”, aptos para realizar con eficiencia tareas mecánicas, como el manejo de motores, maquinarias y artefactos.

La institución pasó a la órbita civil en 1886 yen 1910, por decreto del presidente Claudio Williman, Pedro Figari fue designado integrante del Consejo del Patronato de la Escuela Nacional de Artes y Oficios. Por aquel entonces, las cosas no habían cambiado demasiado. En el imaginario colectivo, la educación técnica seguía siendo un ámbito donde se enseñaba a trabajar “con las manos” a alumnos aptos para tareas menores, con pobres condiciones intelectuales y escasos recursos económicos. La educación industrial se encontraba en claro desprestigio respecto de las enseñanzas secundaria y terciaria. Ante este estado de situación, la postura de Figari fue desde el principio radical; en su opinión, si lo que de verdad se deseaba era que la enseñanza técnico-industrial fuera un pilar del desarrollo nacional, era menester un cambio de perspectiva pedagógica, una lógica nueva, un modo original de considerar las cosas. Y así, el 23 de julio elevó a los restantes miembros del consejo un opúsculo titulado Reorganización de la Escuela Nacional de Artes y Oficios, con el fin de transformarla en la Escuela Pública de Arte Industrial. Allí, Figari propone un plan de reestructura de la institución, con énfasis en un tipo de enseñanza artístico-industrial que en vez de crear obreros hábiles en el ejercicio de su profesión, creara “obreros-artistas” (o “artesanos”), capaces de valorar la libertad, el amor por el trabajo, el llamado del talento y la vocación, el criterio autónomo, el espíritu de iniciativa y observación, la inventiva y, en general, otros atributos de un tipo de “educación integral”.

Al no encontrar el apoyo esperado para llevar a cabo sus propuestas, Figari renunció a su cargo sobre fines de 1910. Se dedicó entonces a publicar artículos en la prensa, a participar en la Sociedad de Artistas Uruguayos y a escribir su obra filosófica Arte, estética, ideal (1912). Pero en marzo de 1915, tuvo la iniciativa de presentar al gobierno de Feliciano Viera un memorándum denominado Cultura Práctica Industrial, un plan provisional de reorganización de la enseñanza industrial que, entre otras cosas, proponía transformar la Escuela Nacional de Artes y Oficios en un nuevo centro educativo, que tuviera como fin dotar de mejores herramientas a la producción nacional. El gobierno escuchó con seriedad sus argumentos y en agosto Figari fue designado como director de la Escuela Nacional de Artes y Oficios y encargado de llevar a cabo la reforma que él mismo había propuesto, tarea a la que se abocó con la ayuda de su hijo Juan Carlos. Fue así que poco tiempo más tarde, en 1916, hace cien años, nació la Escuela Industrial.

Desde ese momento y hasta 1917, mientras estuvo al frente de la nueva escuela, Figari puso en práctica sus utópicas ideas respecto de la educación técnica. Profundizar en el análisis de tales ideas demandaría un espacio mayor del que disponemos. Apenas señalaremos, como rasgos predominantes, que su modelo educativo se sostenía en una inusual valoración del capital principal que posee la educación industrial: el alumno, el “obrero-artista”, el aprendiz, el sujeto hacedor (y no mero receptor) de la “educación integral”. La institución industrial que soñaba Figari no funcionaba en régimen de internado, sino abierta a todo público, para captar la mayor cantidad de fuerzas sociales; buscaba unir la teoría y la práctica, experimentando con las aplicaciones prácticas de las ciencias y el arte; despertaba el ingenio del alumno, más allá que sus habilidades manuales; ejercitaba con las posibilidades del talento, la vocación y las aptitudes personales como los caminos más naturales para alcanzar los mejores resultados; no trabajaba de modo ciego y mecánico, como por obligación, sino iluminada por una “conciencia-guía”, con conocimiento del lugar que se ocupa en el organismo social y en la naturaleza; apuntaba a despertar las energías volitivas, procurando que el alumno no solo supiera, sino que también quisiera trabajar; y, por sobre todo, alentabaa que los alumnos tuvieran confianza en sí mismos y amor por sus propias posibilidades de crecimiento, evolución y perfeccionamiento.

Pero además, a Figari le corresponde otro mérito: el de redefinir la imagen misma de la educación industrial, volver a fundarla, por así decirlo, proponiendo una alternativa que a principios del siglo XX era revolucionaria. La educación industrial, tal como él la concebía, es una forma de instrucción a la vez práctica y razonada y no solo teórica y abstracta. Para Figari, “arte” e “industria” eran conceptos inseparables y por eso creía que una educación artística y otra industrial son sinónimas. No las concebía como dos tipos de enseñanzas que se conectan o convergen a un mismo fin, sino como dos aspectos inseparables de una misma y sola enseñanza. Y por eso este tipo de educación, siendo a la vez práctica y utilitaria cuanto humanista y creadora, él la llamaba “educación integral”, pues tiene por objeto la vida misma en su plenitud. Pues bien, fue precisamente esta nueva imagen de la educación industrial, concebida como un modelo ideal de educación para la vida, la que intentó predicar Figari–con argumentos que gozan de una actualidad asombrosa- en sus años al frente de la Escuela Industrial.

Si vivir es adaptarse –escribió Figari en uno de sus libros sobre educación-, si adaptarse es evolucionar, educar es enseñar a vivir, en la acepción más amplia del vocablo, puesto que, al encaminar de un modo más consciente y directo las energías a su fin natural, se logra el resultado máximo que es dado esperar: el mejoramiento del hombre, de la sociedad y de la especie.

A principios de 1917, Figari elevó al Poder Ejecutivo un texto titulado Plan general de la organización de la enseñanza industrial, donde proponía una serie de reformas pedagógicas y administrativas más profundas. Sin embargo, otra vez encontró resistencias a sus ideas, así que el 14 de abril presentó su renuncia indeclinable al cargo de director general de la Enseñanza Industrial. Formalmente, los caminos de Figari y la educación se separaron en este punto. El educador, algo desmotivado por una serie de traspiés en su vida privada y profesional, comenzó a pensar cada vez con mayor fuerza en la posibilidad de abandonar el país y dar comienzo a su carrera artística, por la cual lo recordaría la posteridad. De todos modos, aún le quedaba un as bajo la manga; en 1919, publicó junto con su hijo Juan Carlos un tratado conocido como Educación Integral, donde resume muchas de las ideas vertidas en su período pedagógico, en especial, su certidumbre de que la enseñanza industrial, tal cual él la concebía, constituye la base principal de la instrucción pública.

Hoy, nosotros, herederos del legado de Pedro Figari, nos reunimos para descubrir una placa en su honor. ¿Qué podríamos esperar de este acto humilde pero significativo, por lo justo y merecido? Nos gustaría que esta placa sirviera para inspirarnos siempre en la figura de este pedagogo visionario, demasiado adelantado, quizás, para su época, fundador de la educación industrial que hoy conocemos y que defendió a capa y espada la formación de hombres criteriosos, aptos para las múltiples formas de la producción industrial, capaces de contribuir a la cultura nacional y preparar al Uruguay, por último, para las manifestaciones superiores de la civilización. Ojalá que así sea.