El tema escogido para dirigirme a ustedes en tan solemne ocasión tiene como finalidad de brindar un merecido y apropiado homenaje al “Hermano Leandro Gómez”.
Para mi es un honor ocupar el sitial de la elocuencia para tributar un justo homenaje a una de las figuras más importantes de la Masonería del Uruguay.
En esta ocasión procuraremos poner de manifiesto el accionar de un Hermano Masón que durante toda su vida hizo un culto a la virtud, por lo que exaltó y honró las doctrinas y principios que rigen nuestra conducta moral y el conjunto de principios de nuestra Augusta Institución.

ENTRE LOS PRIMEROS DEFENSORES DE JOSÉ ARTIGAS
Nació el 13 de marzo de 1811 en el seno de la familia Gómez-Calvo, en la ciudad de Montevideo, cuando había comenzado la “admirable alarma” como expresara Artigas. Pasó sus primeros tiempos en una ciudad sitiada, como va a pasar los últimos meses de su vida en otra ciudad también sitiada. En esto encontramos una coincidencia, pero la divergencia era mayor, mientras que el alzamiento artiguista pretendía instaurar un sistema republicano democrático y federal de gobierno, procurando establecer un régimen de amplias libertades, del más puro pensamiento masónico. En cambio, en el sitio que soportó y en el que ofrendó su vida, fue para evitar que el país, sufriera la pérdida de la libertad e independencia, y al decir de un Respetable Hermano, para: impedir que triunfara la barbarie sobre la civilización” que representaba el gobierno legítimamente constituido y al frente del cual se encontraba Hermano Masón Atanasio Cruz Aguirre.
A diferencia de otros descendientes de españoles que nunca perdonaron a Artigas, sus ideas, sus acciones, el Hermano Leandro Gómez, a medida que pasaba el tiempo fue forjando su admiración y reconocimiento por el prócer uruguayo. Fue uno de los que luchó contra la leyenda negra que se había generado en torno a Artigas a quien consideraban poco menos que un salteador de caminos y un asesino, y no le reconocían sus méritos, la magnitud de su obra política e institucional, la nobleza de su alma, y el espíritu profundo que guiaba sus actos, así como las dotes de estadista y un precursor de los nuevos tiempos, no solo en Uruguay sino también en la región platense.
No era fácil en la época defender a la figura de Artigas, pero el Hermano Leandro Gómez, se enfrentó con valentía y decisión inquebrantables, absolutamente convencido en el triunfo de la verdad histórica sobre el caudillo oriental, y logró ir desbrozando el camino para el reconocimiento de la figura del prócer uruguayo.
Precisamente, fueron los Hermanos Masones los que iniciaron el proceso de su vindicación pública. En efecto, por Ley N° 122 de 23 de mayo de 1836, promulgada por el Presidente de la República el Hermano Masón Manuel Oribe, se reconocían los servicios destacados del prócer José Artigas, al concederle una porción de tierras en el actual Departamento de Salto.
En el año 1842, el Hermano Leandro Gómez había adquirido a costa de innumerables sacrificios económicos, la espada que la Provincia de Córdoba le regalara a Artigas en 1815, y generosamente, la ofreció al gobierno de la República presidido a la sazón por Rivera, acompañándola con una nota en la cual manifestaba que la donaba por ser la pertenencia de “uno de los primeros guerreros de la independencia de América” y que la misma había sido “En sus manos, el terror de los enemigos de la independencia y de la soberanía”. Y agregaba, refiriéndose a Artigas “Todos los hijos de esta tierra deben sentir la más profunda gratitud y veneración”. Sin embargo, los acontecimientos políticos de fines de ese año, impidieron que el gobierno aceptara el ofrecimiento y prosiguió teniéndola en su poder.
El 24 de mayo de 1849, el Presidente del Gobierno del Cerrito, el Hermano Manuel Oribe, por un Decreto estableció que en lo sucesivo, la llamada calle “De la Restauración” se denominará “Calle del General Artigas”. E igual denominación recibió una batería de la línea sitiadora, emplazada en el mismo lugar, donde en el año 1813, estuvo el “Reducto de Artigas”.
Otro Presidente de la República y también Hermano Masón Juan Francisco Giró, promulgó la Ley N° 330, de 5 de julio de 1853, que resolvió denominar con el nombre “Villa de Artigas” al pueblo conocido entonces por “Arredondo” y actualmente “Río Branco”.
La Ley N° 484 de 28 de junio de 1856, promulgada por otro Presidente Hermano Masón Gabriel Antonio Pereira establecía las honras fúnebres que se le deberían tributar al primer “Jefe de los Orientales, Gobernador y Capitán General, ciudadano don José Artigas”, disponiendo que sus restos fueran inhumados en un lugar destacado y preferente en el cementerio público. Dos nuevos decretos del 15 de noviembre de ese mismo año de 1856 establecían que el traslado de los restos debería hacerse con la solemnidad que corresponde a su clase y servicios prestados al país. Se agregaba que se fijaría en la lápida la siguiente inscripción: “Artigas: Fundador de la Nacionalidad Oriental”.
Con motivo de la inhumación de los restos de Artigas, en noviembre de 1856 Leandro Gómez, inició la publicación de una serie de artículos en el diario “La República”, sobre la personalidad y obra de José Artigas, y entregó la espada que había recuperado, y que le había sido entregada a Artigas, por la Provincia de Córdoba como muestra de su constante admiración. Decía en uno de esos artículos: “¿Qué ha hecho la Nación Oriental en honor a su gran patriarca, a aquel distinguido oriental que fue el primero que le enseñara un día el espinoso camino de la libertad y de la gloria, luchando enérgicamente, ya con la tiranía, y la denominación extranjera,…...?”.
Y finalizaba, aquel emocionante alegato con estas proféticas palabras: “Artigas formara parte de la educación de nuestros hijos”. Hoy vemos a 151 años de sus escritos, con preocupación, como cada día que pasa en nuestras aulas se enseña menos sobre Artigas y su magna obra de fundador de la nacionalidad oriental y nuestros hijos y nietos desconocen cada vez más su heroica gesta.
Posteriormente, el cronista de la Patria Vieja y destacado Hermano Masón don Isidoro de María publicó la primera biografía sobre Artigas, cuatro años después de la pública vindicación del caudillo oriental por el Hermano Leandro Gómez.

SU VINCULACIÓN CON LA MASONERÍA
En torno a su vinculación con los principios de la institución fraternal, seguramente, fue en el año 1824 en que residiendo en Buenos Aires trabó amistad con don Manuel Oribe, del que será en lo sucesivo, un ferviente admirador, así como un fiel colaborador y amigo.
Al igual que el Hermano don Manuel Oribe pertenecía a la corriente dentro del Liberalismo Político, denominado “republicanismo radical”, que calaba hondamente en el pensamiento masónico y que preconizaba: la necesidad de fortalecer las repúblicas en el mundo, que la felicidad de los pueblos no solo dependía de la forma de gobierno que se adoptase, sino particularmente de los rectos procederes de los gobernantes, del ejemplo que deberían dar con su conducta y comportamiento público y tener como fin, dignificar el cargo y ejercer la docencia práctica, mediante el ejercicio cotidiano de las virtudes cívicas.
Ante los acontecimientos políticos de 1836, se inclinó por el bando del Presidente Hermano don Manuel Oribe, e ingresó como soldado del 1er Batallón de Guardias Nacionales, alcanzando el grado de Teniente 1°.
Cuando las divisiones entre los orientales se hacían más intensas, en 1837 durante la Presidencia del Hermano Manuel Oribe, la Masonería entornó sus puertas, por el estado político del país, volviéndolas a abrir con posterioridad al fin de la Guerra Grande, a partir del año 1852.

En 1856 a instancias del Hermano Leandro Gómez,, tuvo lugar en Salto, la creación de la Escuela “Hirám” primera institución educativa en proporcionar enseñanza gratuita y laica para los hijos de masones y además de las familias necesitadas. Inició sus actividades con niños varones de más de 8 años de edad, brindando así una oportunidad de acceder a la educación a los hijos de familias de limitados recursos. A su ejemplo, se crearon otras escuelas similares en todo el interior de la República.
El 18 de noviembre de 1856 recibió el grado de Maestro del Rito Escocés Antiguo y Aceptado en la Augusta y Respetable Logia “FE” al Oriente de Montevideo, la que había levantado columnas el 3 de agosto de ese año y en el que compartieron los Trabajos con el Respetable Hermano Jacinto Párraga, héroe de la defensa de Florida y que fuera fusilado el 4 de agosto de 1864, iniciando un camino que pronto recorrería nuestro homenajeado, en menos de cinco meses.
En 1857, cuando la epidemia de fiebre amarilla azotaba a la ciudad de Montevideo, fue uno de los primeros en trabajar en la “Sociedad Filantrópica”, institución fundada en nuestros Talleres y que agrupó en su seno a tantos Hermanos que en el combate de ese flagelo dieron lo mejor de si, ofrendando sus vidas como ocurrió con el Respetable Hermano Miguel Teodoro Vilardebó. En esa etapa desarrolló una denodada como encomiable labor en auxilio de los habitantes de la Capital, exponiendo su vida a diario al contagio de la epidemia, tratando de mitigar, el dolor y la pobreza de los desposeídos y de los necesitados.
Tras la finalización de los trabajos de la “Sociedad Filantrópica” combatiendo la fiebre amarilla, fue el Hermano Leandro Gómez quien propuso que agotada su función inicial, debería volcar sus esfuerzos en pos de atender a la niñez desvalida por la epidemia, para que pudieran ser instruidos y formados como hombres y mujeres para una sociedad más justa. Por supuesto que su propuesta fue recibida con beneplácito y se transformó la misma en una institución educativa gratuita y laica, dos de los principios que posteriormente hiciera célebre la reforma vareliana décadas más tarde.
Al realizar el acto de entrega de premios correspondiente al primer año de actuación de la Sociedad Filantrópica, en la etapa dedicada al fomento de la educación, el 15 de enero de 1860 hizo uso de la palabra el directivo Leandro Gómez que realizó una importante alocución sobre la importancia de la misma y su vinculación con la Masonería. Decía en la ocasión:
"Veis, Señores, la filantropía de la Comisión Central dando una prueba patente del sentimiento de fraternidad que guía sus pasos en pró de esa infantil generación desvalida; pero con iguales derechos, con iguales títulos para ser ilustrados, para que se incruste en sus pechos, esas doctrinas de sana moral, que conducen al hombre hacia la veneración al Dios del Universo, y al cariño fraternal hacia sus semejantes, cual los que poseen esa fortuna material, que tanto ambicionan y enorgullecen a los hombres".
Y más adelante expresaba: "La Comisión Filantrópica, Señores, no es más que una fracción de esa grande asociación que no se ve, que existe en todo el universo, desde tiempo inmemorable, cuyos benéficos y útiles resultados en bien de la humanidad, se siente por doquiera, está muy distante de considerar un mérito en los trabajos que practica en bien de sus semejantes, porque así como no vaciló un momento en consagrarse al socorro del desdichado epidémico, en época de triste recuerdo para esta capital, así también sigue hoy el camino que se ha impuesto de mejorar la suerte de la condición humana, comprendido en la esfera de sus deberes y atribuciones.....".
En 1857 levantó columnas la Augusta y Respetable Logia “Dupla Alianza”, por lo que este año estamos conmemorando merecidamente el sesquicentenario de su fundación. En ese momento comenzaron sus trabajos, pero prontamente, los efectos de las diferencias religiosas y filosóficas, tuvo hondas repercusiones sobre nuestra institución.
En efecto, el local donde funcionaba la Logia fue atacada e incendiada el 28 de junio de 1859 por una turba de personas que fueron impulsadas por grupos dogmáticos religiosos que no admitían el establecimiento de nuestra institución en esta ciudad. Para detener la violencia desatada por una turba de retrógrados, azuzados por el dogmatismo cerril, el entonces Presidente de la República Hermano Gabriel Antonio Pereira, designó al Hermano Leandro Gómez, como su enviado especial para poner coto a esos desmanes y restablecer la paz en la ciudad.
Leandro Gómez concurrió a la capital maragata y a través de sus gestiones ante las autoridades políticas del Departamento se consiguió el cese de esos atentados, lo que permitió a hombres libres y de buenas costumbres, continuar sus labores, en pro de una sociedad más justa y fraterna. No solo logró restablecer la paz, sino que tomó parte activa de la reconstrucción del propio Templo.
Ello permitió multiplicar sus trabajos a la Logia ”Dupla Alianza” y sin pretender agotar las tareas que ha cumplido, diremos sintéticamente que en 1869, con miembros de su Taller fundaron la “Societá Italiana di Mutuo Socorros”, y el “Club Fraternidad”. Años después, en 1883 un grupo de “obreros” de la Logia ”Dupla Alianza” creó el Centro de Instrucción, base de una escuela gratuita y laica para la ciudad de San José.
Leandro Gómez fue “Orador” permanente de la Augusta y Respetable Logia “Fe” en cuya acción bregó por el bien de la Orden, luchando y combatiendo contra todo tipo de dogmatismos, con que el oscurantismo de entonces, así como hoy en día, busca dominar conciencias, pues nuestro homenajeado sentía la necesidad de difundir la enseñanza, cumpliendo los objetivos de la Institución Fraternal de que hubiera “Luz, más Luz, más Luz…..” para consolidar la República.
Fue fundador de varias Logias no solo en Uruguay sino también en Argentina. En 1857 fundó la Augusta y Respetable Logia “Jorge Washington” al Oriente de Concepción del Uruguay, en la Provincia de Entre Ríos. Al año siguiente, fue la Augusta y Respetable Logia “Hirám” de Salto el 5 de enero de 1858; un año y medio después a partir del 5 de abril de 1859 fue el Venerable Maestro y fundador de la Augusta y Respetable Logia “Protectora de la Virtud” de Salto; y finalmente ese mismo año, instaló la Augusta y Respetable Logia ”Guadalupe” de la ciudad de Canelones.
El 28 de octubre de 1859 le fue otorgado el Grado 33 último del Rito Escocés Antiguo y Aceptado.
En sus frecuentes viajes al interior del país, o a la campaña, como solía decirse en la época, fue nombrado “Delegado Especial” del referido Supremo Consejo del Grado 33.
Finalmente, el 5 de setiembre de 1862 fue nombrado Miembro Activo del Supremo Consejo del Grado 33.
Su expediente masónico se cerró con estas palabras, quizá las más ajustadas a lo que fue su vida y a lo que fue su pasaje al Oriente Eterno “Murió en el cumplimiento de su deber”.

SU FORMACIÓN INTELECTUAL Y MORAL
Dos hombres marcaron toda su existencia: José Artigas y Manuel Oribe. De ambos extrajo sus enseñanzas y trató de ser consecuencia defensor de las ideas y principios que sostuvieron en la grandeza y en la adversidad.
No tuvo oportunidad de conocer al primero, pero se preocupó en saber sobre su vida y su obra como ya vimos.
Se vinculó tempranamente, en la etapa de la definición de los bandos, al grupo de hombres y mujeres que rodeaban al Gral. Manuel Oribe y a partir de ahí se convirtió en “Defensor de las Leyes” y lo acompañó a lo largo de las vicisitudes que sufrió su padrino.

LA DEFENSA DE PAYSANDÚ
Su sacrificio final fue, para quienes no conocían su militancia masónica, solamente un hecho profano, para nosotros sus Hermanos, una consecuencia lógica y esperable de sus compromisos morales con los valores de la Institución. Como sabemos, la vida masónica de nuestros templos y la conducta de los Hermanos en el mundo profano, es una e indivisible, la que se adquiere luego de pasar por el Cuarto de Reflexiones y de haber prestado el compromiso de honor ante el Ara triangular de los juramentos, con lo que nos comprometemos definitivamente para el resto de nuestras vidas.
Como hombre de recia personalidad, convencido defensor de sus ideales, como un ser totalmente persuadido que la dignidad del hombre no es canjeable ni renunciable, puso su espada, su voz y su corazón al servicio de una causa que entendió justa y correcta. Artiguista militante, buscó a través del ejemplo del Protector de los Pueblos Libres, armonizar las palabras con la acción, conjuntados en un ejemplo de vida que trasciende más allá de la existencia, para forjar un molde de conducta para toda la eternidad.

Con Leandro Gómez se supieron sacrificar en defensa de la Patria y de sus instituciones legalmente constituidas, varios Hermanos entre los que descollaron Lucas Píriz, Pedro Ribero, Federico Aberasturi, Emilio Raña, Adolfo Areta, Felipe Argentó, y otros, que sobrevivieron al asedio y los fusilamientos como Federico Fernández, Vicente Mongrell, y Ovidio Warnes.
Previamente, había sucumbido defendiendo las instituciones legales el Hermano Jacinto Párraga, de la Respetable y Augusta Logia “Fe”, que fuera vilmente fusilado tras la toma de Florida el 4 de agosto de 1864.
El 25 de agosto de 1864 en la sitiada Paysandú, al festejar el día de la independencia nacional, emitió una Orden del Día que decía: “Debemos jurar en presencia de Dios y a la vista de nuestra Patria amenazada, morir mil veces luchando con extranjeros y traidores, sin mirar el número, antes de consentir que la libertad del pueblo oriental y su independencia sean pisoteadas”.
Ante el bloqueo de la escuadra imperial brasilera a la ciudad de Paysandú, que prácticamente decretaba el aniquilamiento de los defensores de la misma, Leandro Gómez anunció los propósitos que tenía ese acto: “De vasallaje y conquista con que el Imperio pretende dominar a la patria del inmortal Artigas; a la Patria de esos héroes que la historia gloriosamente denomina con el dictado de los “Treinta y Tres” [Orientales], y cuyos hijos somos nosotros, nosotros en cuyas venas circula la sangre altanera de nuestros antepasados y en cuyas frentes hemos escrito con esa misma sangre: Independencia o Muerte”.
La defensa de Paysandú por encima de cualquier otra interpretación o apreciación, más que un hecho en los anales de nuestra historiografía nacional, más que una gesta en los anales partidarios, es un hito en la defensa de la soberanía de la Patria, de la libertad y por encima de todo el más claro y vivo ejemplo de la responsabilidad de un Jefe en el cumplimiento del Deber, aunque éste sea sellado con la propia muerte.
El 26 de diciembre de 1864 dirá Leandro Gómez: “Pelearemos contra los brasileños y contra Flores y si nos toca morir, aquí moriremos por la independencia de la Patria”.
Recordaba de Artigas que: “La energía es el recurso de las almas grandes”…., por lo que solo cabe entregarle el compromiso sagrado de Vencer o Morir. ¿Por qué Vencer o Morir?. Porque ésta es la otra alternativa de la Independencia. El sabía que ofrendando su vida y su ejemplo, la Independencia se salvaría. Sabía que a partir de ese momento, otras manos y otros hombres volverían a empuñar la bandera de la patria, libre, justa y soberana.
En momentos de gran confusión el 2 de enero de 1865, cuando se había izado la bandera blanca, no en sentido de rendición, sino de tregua para sepultar a los muertos, en momentos en que se agotaban las fuerzas físicas de los defensores y las municiones, ingresaron fuerzas brasileras que tomaron prisionero a Leandro Gómez y otros patriotas. Cuando marchaban hacia el campamento militar brasilero se cruzó con fuerzas floristas al mando de Pancho Belén quien le ofreció cobijarse bajo el estandarte nacional y el Hermano Leandro Gómez prefirió entre quedar prisionero de un extranjero, ponerse en manos de sus compatriotas. Lo que no sabía es que con esta decisión dejaba libre el campo para la revancha y la venganza pequeña de quienes carecían de estatura moral y republicana para aquilatar la grandeza de la gesta que había protagonizado. Llevado en presencia del “Goyo” Suárez, éste le ordenó a Belén: “quíteles de mi presencia……no los quiero ver. Páselos al fondo y cumpla allí con su deber”. Pancho Belén cumplió las órdenes de Suárez y dispuso allí mismo el fusilamiento de Gómez y sus compañeros de infortunio.
Pocas veces, el valor oriental rayó a mayor altura, que en la defensa de Paysandú: triunfar o perecer. Fue claro y preciso el pensamiento y la acción: Independencia o Muerte.
Pero la muerte de los defensores de Paysandú, no era la derrota de una causa, sino la vida para siempre de la Patria, ya la soberanía no sería mancillada jamás, porque sobre la sangre derramada por los patriotas, se aseguraba la independencia nacional. Parafraseando a la estela que recuerda a los caídos en el desfiladero de las Termópilas, en las luchas por la independencia de las polis griegas ante el imperio persa, puedo decir que los valientes de Paysandú, no murieron, sino que cerraron sus ojos, para seguir velando sobre el destino de los orientales.

EL MENSAJE DE SU ACCIÓN
El gobierno presidido por el Cap. Gral. Máximo Santos dispuso que el 2 de enero de 1884, que los restos de Leandro Gómez fueran trasladados al Cementerio Central, y en la ocasión el escritor, novelista y Hermano Eduardo Acevedo Díaz pronunció la siguiente alocución: “Esta urna no encierra tan solo restos helados; ella simboliza los principios de la verdad y de la Justicia, que sobreviven a los hombres y a los tiempos, principios invencibles de que el héroe fue carne y acción que en este día de apoteosis por aquí vagan con su sombra, como genios tutelares de nuestra vida y de nuestro pensamiento.......Nadie podrá remontar la corriente de nuestra historia contemporánea sin sentirse profundamente subyugado ante este ejemplo de virtud cívica, porque nunca se confió a más esforzado prócer el honor de la República y a brazo más robusto el mástil de su bandera”.
Como soldado, disciplina a la que jamás soñó pertenecer, dignificó su uniforme sirviendo a la Patria y a las instituciones legalmente constituidas en forma valerosa, desinteresada y leal, llegando su actitud hasta el sacrificio final en aquel acto de poderosa y afirmativa fuerza moral y espiritual, como fue la defensa de la imperecedera Paysandú.
Fue uno de los grandes Hermanos que contó la Masonería uruguaya. Procuró que la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad se consolidasen en una joven República que buscaba fortalecerse, para que pudiera afirmarse en nuestra Patria de un modo definitivo, para mejorar las condiciones espirituales, morales y materiales de sus habitantes.
Como tal, ha sido tomado como modelo por muchas generaciones de hombres libres y de buenas costumbres.
Sin lugar a dudas, la Patria, la Masonería, el Partido Nacional y el Ejército Nacional deben sentirse orgullosos de haber podido contar entre sus integrantes a tal excelso y preclaro ciudadano.
Hoy nos descubrimos ante tu gloria inmarcesible, agradeciéndote a ti, Hermano Leandro Gómez, por el ejemplo vivificador de tus virtudes que constituyen un mandato imperativo para todas las generaciones de uruguayos.

Y al inclinarnos reverentes ante nuestro Hermano, no podemos dejar en el olvido a otros Hermanos que junto al héroe, inmolaron sus vidas o dieron lo mejor de sí, y que en medio de la acritud del combate, como decía Almafuerte, “no se dieron por vencidos, ni aún vencidos….”.

Autor: R. G. R. Logia Obreros de San Juan