Historia

Bicentenario de las Instrucciones del Año XIII

LEGADO ARTIGUISTA

 

Este año recordamos el bicentenario de las Instrucciones del Año XII, que le dieron un contenido ideológico a la Revolución Oriental, iniciada en campos del actual departamento de Soriano, con el Grito de Asencio, que como decía Artigas en nota al Paraguay, al referirse al 28 de febrero de 1811, sería un “día memorable que había señalado la Providencia para sellar los primeros pasos de la libertad en este territorio y día que no podrá recordarse sin emoción, cualquiera que sea nuestra suerte”.

 

Por eso nuestra logia lleva el nombre de “Grito de Asencio”, tratando de colaborar en la reivindicación de un hecho histórico que no figura como fecha patria en el calendario de nuestras efemérides nacionales.

 

Artigas, que había sido nominado Jefe de los Orientales el 10 de Octubre de 1811 en la Quinta de la Paraguaya, perteneció por entero a su medio y a su tiempo, ya que su pensamiento, vida y obra lo vinculan a una realidad histórica que abarca el lapso de la Revolución Americana. “El conocimiento del personaje no puede lograrse cabalmente si se le desvincula de la ideología en que modeló su personalidad”, decía la Prof. Aurora Capillas de Castellanos.

 

América había recibido de España una tradición doctrinaria fundada en el principio de la libertad individual y en el concepto de la soberanía popular. Tradición doctrinaria española nacida en épocas difíciles, cuando el territorio hispano vivía bajo la dominación musulmana, que lo fue durante casi ocho siglos. Artigas por tanto, recibió en su infancia y juventud las ideas de su época, así como en la campaña Oriental conoció su tierra y a sus hombres. “Principios fundamentales que habrían de formar en su espíritu una conciencia de civilidad: la necesidad de sobreponer el bien común a los intereses individuales”, como lo expresa muy bien la autora citada.

 

En esta actitud personal y cívica lo encontró la Revolución a nuestro héroe. “No es arriesgado pensar –como decía nuestro Hermano el Prof. Washington Reyes Abadie- como origen e inspiración del pensamiento artiguista a la Ilustración Española, en el tránsito de los siglos XVII al XIX, en el mundo hispanoamericano y en particular en el ámbito rioplatense”. La Revolución Norteamericana y la Revolución Francesa fueron dos ejemplos donde se recogieron aquellos principios vigentes en aquella época.

 

Tampoco puede ignorarse la influencia que ejerció Félix de Azara, en oportunidad de la realización de su plan de colonización de la frontera con Portugal. Entre otros antecedentes, debemos recordar que las Asambleas Orientales de 1811 así como el Éxodo marcaron la existencia política de nuestra Revolución. Por primera vez el pueblo oriental en armas se congregaba a deliberar sobre su destino. El conflicto con Sarratea en el Ayuí puso en evidencia la existencia de dos tendencias políticas, que se acentuarán en el transcurso del período revolucionario: el unitarismo y el federalismo.

 

La tendencia unitaria tendería al establecimiento de un único y poderoso centro de autoridad en Buenos Aires, al que debían estar sometidas las provincias: Por su parte, la tendencia federalista consideraba que los pueblos debían constituirse en provincias, aceptando una autoridad central que coordinaría los asuntos de interés general, pero sin introducirse en los intereses particulares de las provincias. La misión García de Zúñiga enviada por Artigas a Buenos Aires, en pleno conflicto con Sarratea, sintetiza en una de sus instrucciones el pensamiento del Jefe de los Orientales, al expresar: “la soberanía particular de los pueblos será precisamente declarada y ostentada como único objeto de nuestra Revolución”

 

“El año 1813 será el momento de definición política del artiguismo cuando se plasmó la doctrina de la revolución”, al decir del historiador Héctor Miranda. Todos sabemos que las Instrucciones, cuyo bicentenario conmemoramos, se aprobaron en la sesión del 13 de abril de 1813 del congreso de Tres Cruces, reunido por Artigas ante el requerimiento del gobierno de Buenos Aires, donde estaba reunida una Asamblea Constituyente, adonde debían concurrir diputados con instrucciones. Todos los Hermanos aquí presentes aprendimos hasta de memoria en algunos casos, lo que decían aquellas veinte Instrucciones. Nos detendremos más adelante en los tres principios fundamentales de las mismas: Independencia, República y Federación, estableciendo comparaciones con el pensamiento unitario porteño en lo referente a la organización de las Provincias Unidas del Río de la Plata, como eran entonces conocidas.

 

Recordaremos, en forma sintética, lo que trataban las restantes instrucciones. En los temas generales de las Provincias: la libertad civil y religiosa “en toda su extensión imaginable”, gobiernos provinciales y gobierno supremo de la nación, tres Poderes del Estado, Constitución General y Constituciones Provinciales, autonomía militar, libre comercio, despotismo militar “aniquilados con trabas constitucionales”, sitio del Gobierno “precisa e indispensablemente…fuera de Buenos Aires”. En los problemas particulares de la Provincia Oriental: los límites de su territorio, el reclamo de los siete pueblos de las misiones ocupados por los portugueses y la habilitación de los puertos de Colonia y Maldonado.

 

Como dijimos anteriormente, ahora veremos el tríptico esencial del programa artiguista. En primer lugar se pedía la “declaración de la independencia de estas colonias” de “la Corona de España y familia de los Borbones”. La Revolución Oriental se definía claramente en un sentido independentista, por ser nuestro territorio uno de los escenarios principales de la lucha contra los españoles, no pudiéndose hallársele sentido a una lucha, si no se definían claramente sus objetivos, siendo el principal de ellos, la independencia.

 

Buenos Aires, en un ambiente alejado de los frentes de lucha, veía la independencia como prematura resolución. No debemos olvidar que la dirigencia bonaerense recién proclamaría la independencia en el Congreso de Tucumán en 1816. Debemos recordar asimismo que en enero de 1815, el Director Supremo que residía en la capital porteña, Carlos María de Alvear, escribía a Lord Stamford solicitándole que Inglaterra se hiciera cargo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, incorporándolas a sus dominios, porque –decía- “estas provincias son inhábiles para gobernarse a sí mismas y necesitan una mano exterior que las dirija”. Ofrecimiento que la diplomática Inglaterra no aceptó.

 

En lo que refiere a la República, ya en la primera Instrucción no solo se declara la independencia de España sino con la familia de los Borbones y específicamente en el artículo 20 se deja constancia textual: “la Constitución garantiza a las Provincias Unidas una forma de gobierno republicana…”. Como decía el Prof. Alfredo Traversoni: “El Principio republicano proclamado por los Orientales es una consecuencia lógica del carácter de su revolución” y agregaba más adelante: “la República concebida en las Instrucciones es una República democrática basada en la soberanía popular, el respeto a las libertades individuales y la existencia de garantías contra el despotismo militar”.

 

Entre los principios de organización propuestos para esta República se destacaban la división de poderes y el proyecto de un Ejecutivo unipersonal elegido en forma rotativa entre los ciudadanos de las distintas provincias de planes monárquicos, sostenidos por la mayoría de los dirigentes porteños que se afanaban en buscar un candidato para coronarlo en estas regiones. Veamos algunos ejemplos. El Congreso de Tucumán que había declarado la Independencia, resolvía en una de sus sesiones: “negociar el restablecimiento de una monarquía constitucional” y agregaba “ya fuese con un príncipe español, si se podía, ya con un inglés o de otra casa poderosa”. Se enviaron comisionados para ver a Carlos Federico Lecor, proponiéndole la coronación de un infante del Brasil, mientras Pueyrredón prefería a los franceses, como Su Alteza el Duque de Orleans. Hasta se llegó a proponer coronar a un heredero de los últimos incas. Es honesto decirlo que no todos pensaban así, y para demostrarlo recordemos la figura inconfundible de Mariano Moreno, uno de los cerebros más lúcidos de la Revolución de Mayo, defensor acérrimo del régimen republicano.

 

Mientras tanto, Artigas trataba de fundar su “gauchocracia” como la llama un historiador argentino. Por eso su ideario traspasó los límites de la Provincia Oriental e inflamó con su verbo a Entre Ríos, Corrientes, Misiones, Santa Fe y Córdoba, que lo nombraron su Protector y por eso, digámoslo sin miedo, la oligarquía porteña se alió a los portugueses para terminar con el predominio de las ideas federalistas artiguistas en las provincias más ricas de su territorio.

 

Por último analizaremos el tema Federalismo. En cuanto a la calificación técnica del régimen que resultaría de la aplicación a la práctica de los principios federalistas de las Instrucciones, existen discrepancias. Varios autores opinan que de ellas resultaría una confederación y otros creen que el resultado sería una federación. En esta ocasión sólo nos referiremos a las opiniones de dos queridos amigos, el Prof. Washington Reyes Abadie y el Prof. Eugenio Petit Muñoz. El primero sostenía que el sistema federal de Artigas preveía dos etapas; la primera, la confederación a celebrarse mediante pactos interprovinciales que fijaran los grandes objetivos comunes de la lucha por la libertad, la independencia y la defensa de la nación; la segunda, el Estado federal a establecerse una vez concluía la guerra y lograda la independencia por medio de la Constitución sancionada por la auténtica representación de los pueblos.

 

Recordaba Reyes Abadie que Artigas recurrió a los prestigiosos y divulgados textos norteamericanos “pero recomponiéndolos para adecuarlos a la peculiaridad de la situación histórica rioplatense”.

Por su parte el Dr. Petit Muñoz nos habla de cuatro etapas en el pensamiento artiguista. La primera, la etapa de la Revolución, es la etapa de la “soberanía particular de los pueblos”, en la cual los pueblos reasumen la soberanía devuelta por la caída del Virrey. La segunda, la etapa de la Integración, cuando los pueblos formarían mediante un pacto realizado entre ellos, unidades mayores (las provincias) y estas se proclamarían soberanas por recibir la suma de las soberanías de los pueblos. La tercera, la etapa de la Confederación, oportunidad en que las provincias celebrarían pactos o ligas, formando una Confederación, oportunidad en que las provincias soberanas delegarían en un Soberano Congreso General de la Nación, solo las gestiones de las relaciones exteriores, guerra y comercio. La cuarta, la etapa de la Constitución, ocasión en que al ser elaborada, refundiría en un solo Estado las soberanías locales de las provincias, creando un Gobierno Supremo pero respetando las esferas de los gobiernos provinciales y la Constitución organizaría un Estado Federal.

 

A modo de conclusión diremos: que a pesar de su derrota militar, la construcción del federalismo se transformó en una realidad triunfante ya que en la Argentina, la Constitución de 1853 lo adoptó como sistema de gobierno. Artigas unió al pueblo oriental en la lucha revolucionaria, aspiraba a que todas las provincias del Río de la Plata que tenían un origen y una tradición comunes permanecieran unidas entre sí. Artigas fue firme en sus convicciones y las defendió con energía. “Esclavo de mi grandeza –dijo- sabré llevarla a cabo conducido siempre de mi justicia y razón. Con lance funesto podrá arrancarme la vida, pero no envilecerme”.

Pocos héroes americanos tienen o conservan la vigencia de sus ideas como nuestro padre Artigas; por eso lo recordamos con renovada emoción en este bicentenario de las Instrucciones del Año XII

 

 

Manuel Santos Pérez

Logia Grito de Asencio